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No había farolas que iluminasen la carretera. Sólo los coches daban un poco de luz al asfalto. Algunos pasaban muy rápido. Y muy cerca. Iban cogidos de la mano cuando sucedió. Rodrigo no quiso soltarla y, con el impacto, salió despedido hacia delante, golpeando con la cabeza en el suelo.